(o de cómo vivir sabiendo que somos instantes)

Estas palabras comenzaron un domingo de junio que no terminé… porque la vida se fue moviendo y removiendo, quebrando, gritando y fracturando…
En ese domingo estaba escribiendo desde un sentimiento que me acompañaba en esos días y me conectaba con una sensación-emoción profunda: honrar a quienes me enseñan, me quieren, me cuidan y a quienes están, siempre están…
Reconocer, nombrar, traer al presente a quienes, aun no estando físicamente en este mundo, son capaces de estar junto a mi, junto a nosotros, para darnos permiso y la vez enseñarnos el camino.
Permiso para cambiar la historia y el camino que nos lleva al amor…
Y no, no se trata sólo de mis abuelos, o mis tíos… me refiero también a mis amigas, mis amigos, mis amores, los que me han sostenido y ayudado a encontrar caminos, salidas, ventanas, incluso grietas por donde sonreír una vez más.
Y la vida dio vueltas estrepitosamente y se quebró mi patria, la tierra decidió sacudirse y escogió nada más y nada menos que dos de las ciudades en las que mi vida está llena de historias y raíces que aún me alimentan y cuidan.
Y así, ese sentimiento con el que iniciaba aquellas letras de aquel domingo que no terminaron de salir, hoy se hace aún más grande, se mezcla con esos amigos, esa gente maravillosa que conocí y la que no conocí pero estaban allí junto a mi y los míos y que se fueron en esos segundos terribles del terremoto.
Perdimos la casa de la Guaira, perdimos sueños, perdimos amigos, perdimos mucha gente pero también nos encontramos con mucha, muchísima gente que ganó en esperanza, en solidaridad, en presencia pura y absoluta para quienes sobrevivieron.
Y así, aquel sentimiento de gratitud y deseo de cambiar el camino para llegar de todas formas al amor se hizo mucho más grande, más profundo, más filosófico quizá, porque me lleva a la necesaria revisión de la existencia, del ser, del habitar este tiempo que puede terminar sin previo aviso en apenas unos segundos.
Habitarnos desde la paz, desde la presencia, esa que hace posible una sonrisa en medio de la destrucción… una compañera de una de mis tribus más importantes en estos tiempos de mi vida decía con relación a esta reflexión algo que me tocó en el corazón: “la mejor forma de prepararnos para terremotos o catástrofes es estando en paz con nosotras mismas”, y allí me resonó toda el alma, y esa sensación que tenía hace ya casi mes y medio cobró vida y entendió que eso quería, estar en paz, agradecer a cada persona, cada historia, incluso a aquellas en las que no hubo final feliz, pero sí grandes aprendizajes, agradecer la forma de ser y hacer de quienes me dieron vida directa e indirectamente y pedirles una vez más permiso para hacerlo distinto, no mejor ni peor, sólo distinto para en esa diferencia encontrarme en paz conmigo y con quien sigo construyendo en mi interior.
Soy hija
nieta
hermana
sobrina
prima
Soy madre,
amante
amiga
abuela
madrastra
Soy diferente
llevo el cabello de mi madre
las manos y los dientes de mi padre
algunos gestos de mi abuela
y la bondad de mi abuelo
la mirada de mi otra abuela que no conocí
y el ímpetu del otro abuelo que tampoco vi
Soy las historias de amores
imposibles
frustrados
idílicos
inalcanzables
rotos
incompletos
distantes
Soy cuidadora descuidada
acompañante solitaria
infinitamente única
desnuda entre verdades y mentiras
odiada y amada en proporciones desiguales
(menos mal)
Pero lo más importante
es que SOY en paz.
Poeta Saraí
16/08/2026
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