o la forma en que aprendemos a VIVIR

Hoy, dedico mis palabras a esas insignificancias que pasamos por alto ya de forma “natural”, pero que son justamente las que nos conectan con la energía que somos, la energía del universo.
Una mariquita, caminando por el bordillo del cemento de un banco roído por el tiempo, una pareja de abuelos, que caminan juntos pero no son capaces de rozar sus manos, las hojas de los árboles, que bailan con el viento, una seductora danza que las invita a salir volando entre rayos de luz disimulados en el azul y verde y plateado del cielo cubierto de copas de árboles a punto de dejar el verano.
El pelo de un perro negro y blanco, que se mueve como la espuma del mar cuando corre feliz a buscar el palo que le lanzó lejos su “dueño”, su lengua humeda que cuelga de lado y se mueve en hondas mágicas que invitan a beber agua de la fuente que abrió un niño pequeño con sus dos manitas juntas, apretadas con todas todas sus fuerzas.
La vibración del viento que mueve mi cabellera canosa y larga, generando roces infinitos en mi cuello y mis mejillas, que se calientan con la luz del sol que así como viene de fuera, se alimenta desde dentro con cada latino abundante de mi corazón. Las gotitas de sudor que bajan seduciendo mi espalda para terminar absorbidas por la tela de mi pantalón, que se la bebe como aquel perro en la fuente, sedienta y caliente.
La suavidad de la risa de mi hija mayor que esconde todos los miedos del mundo de la juventud o el beso esponjoso que le da mi otra hija a su novio que le regala experiencias únicas impregnadas de esa pasión que sólo se siente a los 18 años. O esos dientes grandes y blancos marfil de la risa pícara de mi niño pequeño cuando esconde la verdad con sus ojos de colores como el cielo del atardecer margariteño.
Y son infinitos esos insignificantes detalles que me hacen viajar, vibrar y sentirme parte de un universo único y extraordinario que voy creando en cada inhalación y exhalación que me da esta vida, en este tiempo, en este presente.
La hoja que casi vuela
el rayo de luz que se hace partitura
el viento que arrastra polvillo del universo
la mariposa que agita sus alas como si no le pesaran
los ojos de aquel abuelo solitario
que perdió la mirada en el olvido de sus hijos
el latido de mi corazón levantando mi pecho ligeramente
la semilla de chía que se expande como el algodón de azúcar
la sonrisa que se cae de los bolsillos de quien lo perdió todo
o casi todo que es mucho peor
la gota de sudor que me seduce
o la hormiguita que se perdió entre mis pechos
el amor simple
que no es invisible aunque no se deja ver
las pequeñas cosas
que nos hacen VIVIR.
Poeta Saraí
23/08/2026
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